La Agrupación la fundamos nosotros, aunque entonces ninguno podía
imaginar hasta dónde llegaría aquella aventura. Estábamos en el
Nazareno cuando se creó la Banda de Cornetas y Tambores de Jesús
Cautivo. Allí conocimos a Alfonso Piñero, que estudiaba Musicología
y trompeta.
Después de aquel primer año decidimos dar un paso más. Éramos
Alfonso, Tino, Ígor, mi hermano Alejandro Rodríguez Zapico y algunos
compañeros más, casi todos vinculados a los Dominicos. Y, como sucede
con tantas historias importantes, todo comenzó de la manera más
sencilla: en la barra de un bar, después de un acto cofrade.
En mitad de aquella conversación, Alfonso se giró hacia nosotros y
lanzó una pregunta que terminaría cambiando nuestras vidas: «¿Por qué
no hacemos una agrupación musical?».
En aquel momento solo era una idea compartida entre amigos. Hoy, al
mirar atrás, emociona pensar que una frase pronunciada casi
espontáneamente fue la primera nota de todo lo que vino después.
Alfonso fue el alma mater de aquel proyecto. Sin él, probablemente
nada de esto habría llegado a existir, ni la Agrupación ni, tiempo
después, la propia Hermandad. Él cifraba las partituras, preparaba los
ejercicios, nos enseñaba y adaptaba las marchas a las dos únicas voces
que teníamos. Pero hizo algo todavía más importante: nos enseñó a
creer que era posible.
También fue quien nos abrió el camino hacia el sur. En aquel momento,
para nosotros, la frontera musical estaba en León; más allá parecía
que no había nada. Alfonso nos mostró todo un mundo que desconocíamos
y nos ayudó a comprender qué era realmente una agrupación musical y
hasta dónde podíamos llegar.
Comenzamos a ensayar en el Parque de Invierno porque era el único
lugar que teníamos. Durante el primer año fuimos cinco trompetas
intentando sacar adelante las dos voces y un trombón de segunda mano
que llegó apenas dos días antes de nuestra primera actuación, para que
al menos pudiéramos contar con una voz de bajo.
Ensayábamos a cero grados. Había días en los que el frío era tan
intenso que los pistones de las trompetas ni siquiera volvían a
levantarse. Pero nosotros regresábamos una y otra vez. No teníamos
local, apenas teníamos instrumentos y todavía nos quedaba muchísimo
por aprender, pero nos sobraban ilusión y ganas de construir algo
juntos.
Curiosamente, lo más difícil no fue la música, sino conseguir el
dinero para comenzar. Cada uno puso trescientos euros para comprar las
trompetas, una cantidad muy importante para nosotros en aquel momento.
El intercambio se realizó de noche, en una gasolinera. Puede parecer
una anécdota, pero aquella escena resume muy bien nuestros comienzos:
unos cuantos amigos, con más ilusión que medios, jugándoselo todo por
una idea en la que creían de verdad.
Elegimos el nombre de San Salvador por ser el patrón de Oviedo.
Queríamos que la Agrupación estuviera unida desde el principio a
nuestra ciudad, a su historia y a nuestras propias raíces.
El emblema del banderín procede de la antigua Cofradía del Salvador,
hoy extinguida, que había sido la sección religiosa de la Hermandad de
Defensores de Oviedo. Algunos de nosotros pertenecemos a ella porque
nuestros familiares fueron defensores de la ciudad. Fuimos a
contemplar el antiguo estandarte que todavía conserva la Hermandad, lo
fotografiamos, digitalizamos su imagen y, a partir de ella, se bordó
nuestro banderín.
Por eso ese símbolo no es únicamente un dibujo. En él están nuestras
familias, nuestra ciudad y la memoria de quienes nos precedieron. Es
una forma de llevar nuestras raíces con nosotros cada vez que la
Agrupación sale a la calle.
Cuando recordamos aquellos ensayos bajo el frío, las trompetas
compradas con nuestros propios ahorros y aquel trombón que llegó en el
último momento, cuesta creer en todo lo que se ha convertido San
Salvador. Lo que nació como una pregunta en la barra de un bar terminó
siendo una parte fundamental de nuestras vidas y una familia para
muchas personas.
Nosotros pusimos las primeras notas, pero han sido todos los que
llegaron después quienes han mantenido viva aquella ilusión. Y quizá
eso sea lo más emocionante: saber que lo que comenzó entre unos pocos
amigos hace ya tantos años continúa sonando hoy por las calles de
Oviedo.